Marian Moreno Llaneza es Técnica de Coeducación del Instituto Asturiano de la Mujer

El idioma, el lenguaje, es un espejo de la sociedad en la que vivimos. Nuestra comunicación refleja quiénes somos y cómo nos relacionamos. Por eso, si lo pensamos un poco, es terrible una sociedad en la que existe el verbo “maltratar” pero no existe el verbo “bientratar”, dice mucho de esa comunidad que se le haya dado cuerpo de palabra al maltrato porque pareciera que da legitimidad a la violencia frente a la convivencia.

En este sentido, es necesario recordar que, desde que se inicia el cómputo de mujeres asesinadas solo por el hecho de ser mujeres, llevamos más de mil compañeras, amigas, madres, hermanas, ciudadanas asesinadas y eso no parece haber movilizado a la sociedad como era de esperar. De hecho, no tenemos más que pensar en qué hubiera ocurrido si en los últimos veinte años de convivencia hubieran sido asesinados mil futbolistas solo por el hecho de jugar al fútbol. Seguramente asistiríamos a un verdadero terremoto social, pero parece que como son mujeres la sociedad está anestesiada respecto al tema.

Las violencias contra las mujeres tienen su origen en el machismo, en el sexismo en el que nos socializamos toda la comunidad. Es cierto que se ha avanzado en la igualdad entre hombres y mujeres, es verdad que tenemos leyes que intentan proteger a las víctimas y que señalan como obligación que la socialización, desde edades tempranas, sea igualitaria, pero todavía queda un enorme camino que recorrer para hacer realidad la desaparición del machismo de nuestro entorno.

Una de las grandes bases para la prevención de las violencias machistas (recordemos que la violencia física extrema es la punta del iceberg), es la educación, o mejor dicho la coeducación. Coeducar significa educar a niños y niñas lejos de los estereotipos sexistas que coartan la libertad. No existen juguetes de niños o de niñas, no existen colores para unas u otros, no existen profesiones masculinas o femeninas.

La coeducación persigue el objetivo de construir un mundo igualitario en el que niños y niñas tengan acceso a todas las posibilidades respecto a su proyecto vital, que lo construyan sin los obstáculos y coacciones que supone dividir la sociedad por sexos.

En la socialización sexista, tanto hombres como mujeres salen perdiendo, pero no debemos olvidar que el mayor desastre se ceba en las mujeres, porque todo lo relacionado con lo femenino es minusvalorado y las desigualdades producen discriminaciones en las mujeres en todos los niveles: brecha salarial, techos de cristal o de acero, cosificación del cuerpo de las mujeres, hipersexualización de las niñas, violencia sexual, etc.

Educar para la igualdad es un reto enorme para el sistema educativo, porque si bien las leyes contemplan la igualdad, la realidad todavía es reacia a generalizar la coeducación. Un centro educativo es un microcosmos en el que la igualdad debe ser enseñada, porque así se prepara a las generaciones más jóvenes para una convivencia realmente democrática e igualitaria.

La igualdad se aprende, lo mismo que hemos aprendido la desigualdad. Para ello, es fundamental aprender a analizar nuestro entorno, saber detectar las discriminaciones, conocer las alternativas al machismo y poner manos a la obra en la construcción de una sociedad igualitaria. Y para enseñar algo es imprescindible antes saberlo, es decir, que la formación del profesorado en temas de igualdad y de coeducación es la base para que esa igualdad llegue a las aulas, porque a lo largo de la historia académica del profesorado no aparece la igualdad, a no ser en casos puntuales que hayan recibido nociones sobre coeducación.

Las autoridades educativas deben liderar la generalización de la igualdad en los centros educativos, mediante programas que trabajen en todos los ámbitos del sistema la coeducación. Estos programas deben partir de la realidad de aulas, centros y comunidades educativas para hacer real la igualdad en todas las etapas, todas las materias y todos los espacios. Para ello, pueden contar con personas expertas en coeducación que guíen todo el proceso y acompañen al profesorado, a las familias, al alumnado y a los equipos directivos en la aventura de la igualdad.

Ninguna sociedad es plenamente democrática si no trabaja por la equidad y por la igualdad entre hombres y mujeres. Ninguna democracia puede estar tranquila ante los retrocesos que plantea una parte de la sociedad que muestra una ideología contraria a los valores universales de la convivencia en igualdad. No podemos relajarnos en el trabajo de la coeducación, porque es la base para que las generaciones venideras construyan un proyecto social mejor del que les dejamos.

Es responsabilidad de todos y de todas afianzar los derechos adquiridos, trabajar por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, esforzarse por habilitar a nuestros niños y niñas para que construyan un proyecto de vida igualitario, libre y feliz. Es nuestra labor seguir en el día a día con el objetivo claro de que nuestras niñas no sean víctimas de violencias por el hecho de ser niñas, con la meta de un mundo laboral en el que no existan discriminaciones por sexo, con la idea de que la calle es de toda la ciudadanía y no hay derecho a que la mitad de la humanidad tenga miedo porque la otra mitad la agrede.

Hombres y mujeres deben ir en unión hacia una sociedad igualitaria y, para ello, es vital que demos un empuje a la coeducación, que la igualdad impregne hasta el lugar más recóndito de nuestro sistema educativo y que los centros educativos se conviertan en ejemplo y faro para el camino de una sociedad mejor, basada en la felicidad de su ciudadanía y en la igualdad.

Por todo ello, debemos conjugar el verbo “bientratar”, debemos aprender a ser una comunidad cuidadora de sus niñas y de sus niños. La infancia, la adolescencia y la juventud tienen derecho a aprender igualdad porque tienen el deber de construir democracia igualitaria.

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