Sergio Andrés Cabello es profesor de Sociología de la Universidad de La Rioja.

A lo largo de los dos últimos meses, el grupo de Rock Héroes del Silencio ha estado de actualidad gracias al documental, Héroes: silencio y Rock & Roll de Alexis Morante en Netflix, y al libro de Antonio Cardiel Héroes de leyenda (Plaza Janés). Ambos se complementan y muestran la historia de una de las grandes bandas de la música española. Uno de los hechos que se destacan en todo momento es el origen aragonés y zaragozano y el arraigo que los cuatro jóvenes músicos sentían por su región y ciudad. Enrique Bunbury, Juan Valdivia, Joaquín Cardiel y Pedro Andreu rechazaban sistemáticamente trasladarse a Madrid a finales de los ochenta y primeros noventa del siglo XX. Decidieron permanecer en su ciudad a pesar de las llamadas y recomendaciones para que su carrera pueda despegar.

Es interesante constatar cómo, en pleno siglo XXI, este hecho sigue siendo destacado como una especie de “anomalía”, el triunfar desde un lugar que no sean los grandes núcleos urbanos que, en España, son Madrid y Barcelona. Es un indicador de cómo se ha configurado nuestro país tanto territorial como simbólicamente, dando lugar a una serie de desequilibrios que se han agudizado con el desarrollo de la globalización. Es importante significar que no es un proceso exclusivamente español, al contrario, se da en muchos países, como ya advertía el geógrafo francés Christophe Guilluy en el imprescindible No Society: El fin de la clase media occidental (2019). Las protagonistas del mundo actual son las grandes ciudades, en las que se concentra una parte significativa de la población pero, especialmente, también centros de poder y decisiones, oportunidades laborales, ofertas culturales, etc. Se podrá decir que esto siempre ha sido así, y es un hecho, no pretendiéndose caer en la ingenuidad de no tener en consideración esos procesos que se han dado históricamente. Pero, precisamente por evitar esa situación, es necesario mirar más allá.

España se ve inmersa en un escenario de doble vía en relación a su configuración territorial. Aunque es un factor importante y determinante, no es objeto de este artículo entrar en las dimensiones administrativas y políticas que han estructurado el país. De las provincias al centralismo, de la descentralización política con el Estado de las Autonomías a las tensiones territoriales derivadas de las demandas de los nacionalismos, estos procesos también tienen su peso, tanto en el ámbito de las identidades colectivas, de las redes de poder y elites, así como en los universos simbólicos e imaginarios que nos definen y por los que somos caracterizados por los demás.

La estructura territorial de España se ha visto condicionada por una serie de concentraciones derivadas de factores políticos, económicos, sociales y culturales. Por un lado, la consolidación de las provincias de 1833 dio lugar a que, con el paso de las décadas, se fuese agrupando población y actividades en sus capitales, con pocas excepciones. Este hecho será determinante en la estructuración de la red de ciudades medias y pequeñas del país, pero también en la despoblación del medio rural, fenómeno al que se hará referencia más adelante y que comienza en la segunda mitad del siglo XIX. Es en ese periodo cuando también se inicia la industrialización de los focos más importantes de España, especialmente País Vasco y Cataluña, que se convertirán en polos de atracción de población llegada del resto de España en busca de mejores oportunidades de vida y laborales que las que podían encontrar en sus territorios. Finalmente, uno de los aspectos centrales de todo este proceso es el peso que irá ganando Madrid como capital del Estado y centro de poder. El siglo XX irá acentuando estos procesos de los que serán principales perjudicadas las zonas del interior peninsular, especialmente el amplio territorio de las actuales Castilla y León y Castilla – La Mancha, pero no únicamente.

En la segunda mitad del siglo XX, el éxodo rural se acelerará a través de migraciones a las grandes ciudades, a los núcleos industriales principales, así como a las pequeñas y medianas ciudades, muchas de ellas capitales de provincia. Se produce así un fenómeno interesante, el de unas localidades que crecen mucho, apoyadas tanto en factores económicos, especialmente a través de los Polos de Desarrollo y de la instalación de sector secundario, y del “baby boom” de unas generaciones que protagonizan esas migraciones. Los hijos e hijas del éxodo rural nacerán y crecerán en esas ciudades.

Sin embargo, desde el punto de vista simbólico, se consolidarán algunos de los tópicos y estereotipos, algunos de los cuales persistiendo hasta la actualidad. Las grandes ciudades representaban el progreso y la autonomía individual, lejos del encorsetamiento de territorios más reducidos donde el control social era mayor. Y, en una sociedad como la española de la segunda mitad del siglo XX, no es de extrañar que nada escenificase mejor ese escenario que la mítica película de Juan Antonio Bardem, Calle Mayor, estrenada en 1956 y que pasa a la historia como el paradigma del conservadurismo de la sociedad española “de provincias” de ese periodo, y casi sucesivo. A su vez, y aunque las oportunidades laborales están presentes en estos territorios, otras no pueden darse en los mismos, como por ejemplo estudiar numerosas carreras en la Universidad o desarrollar ciertas profesiones, para las cuales hay que irse sí o sí a Madrid o Barcelona, pero también a Bilbao, Valencia, Sevilla o Zaragoza. Es un proceso un tanto paradójico porque grandes ciudades y pequeñas y medias crecen en esas décadas, pero las bases de sus dinámicas serán distintas. Por eso, a finales de la década de los ochenta sigue sorprendiendo que Héroes del Silencio se queden en Zaragoza. Por eso, la “libertad” y lo “moderno” ocurren en las grandes ciudades, por eso se mitifica “la Movida” madrileña. A pesar de su crecimiento y su avance, las ciudades medias y pequeñas siguen apareciendo como “antiguas”, enclaustradas en una “Calle Mayor” perenne, lo cual no deja de ser un estereotipo aumentado.

Por otro lado, el medio rural ha perdido la batalla en todas sus dimensiones. El éxodo rural de amplias zonas del interior peninsular, especialmente en los territorios de montaña pero no únicamente, implica la aceleración de ese proceso. La dura vida en estas zonas y la creciente mecanización del campo, así como las expectativas que se generaban en el medio urbano, contribuyeron a la configuración de este escenario. Pero se había producido también una legitimación del mismo a través de la construcción e intensificación del estereotipo del habitante de los pueblos como “paleto” o “pueblerino”, escenificado en la cultura popular durante esas décadas de numerosas formas. El pueblo, tal y como se comprendía entonces, se había convertido en el estadio a superar y a olvidar, a pesar de que muchas personas tenían sus orígenes en el mismo. Al medio rural le costaría todavía unas décadas superar esos prejuicios, no lo comenzaría a hacer hasta la década de los noventa del siglo XX, pero a continuación ganaría el relato.

La modernización de la sociedad española a partir de la década de los ochenta del siglo XX supuso una transformación sin precedentes que alcanzó su punto culminante en los noventa. La llegada de la democracia, la transformación de los valores, la entrada en la Unión Europea y la construcción de un Estado de Bienestar, dieron lugar a la última década del siglo XX basada en el optimismo y en la consolidación de una sociedad de clases medias aspiracionales, las cuales habían conseguido dar estos pasos en gran medida a través del acceso a mayores niveles educativos, especialmente a la Universidad. Autores como Ramón González Férriz o Juan Sanguino han reflejado estos cambios en ese periodo, el cual también tiene su reverso como muestra el reconocido documental El año del descubrimiento de Luis López Carrasco, estrenado en 2020 y que narra los acontecimientos sucedidos en Cartagena, en el contexto de la Región de Murcia de 1992, cuando el Parlamento de este territorio fue incendiado en las movilizaciones de protesta de trabajadores del sector secundario que iban a perder sus empleos en las reconversiones de la época.

Son momentos de transformación, de territorios que se van convirtiendo en clases medias, que afortunadamente se van sacudiendo algunos de sus complejos, que cambian para acercarse en el sentido simbólico a las grandes ciudades, pero que están sufriendo reformas como las reconversiones y el repliegue de un sector secundario que se venía desarrollando desde la década de los ochenta. Bilbao, Vigo, Cartagena, Cádiz, Gijón… son algunos de los ejemplos paradigmáticos de lo que está ocurriendo. Pero, además, ese proceso se verá como una especie de “evolución natural”, incluso con una suerte de determinismo, a través del cual el sector secundario, como antes lo fue el primario, se convertía en un nuevo estadio a superar.

A medida que avanzan los noventa y la primera década del siglo XXI, las ciudades medias y pequeñas y sus territorios se van convirtiendo en una suerte de clases medias. Es un tiempo de cambio en el que, bajo el paraguas de las TIC y de la globalización, el espacio y el tiempo parecen haber entrado en una nueva dimensión. Ya no importa ni tu tamaño ni el lugar en el que te encuentres, “todo es posible”. Estos cambios se reflejan también en las tramas urbanas de las localidades: los centros históricos se articulan para el turismo y para un tipo de ocio y sociabilidad vinculada a los nuevos tiempos, los barrios obreros tradicionales acogerán a la inmigración procedente de los países menos desarrollados, y los nuevos barrios periféricos harán lo mismo con los descendientes de las clases obreras que llegaron en gran medida del éxodo rural. Ese proceso dará lugar a esa “España de las piscinas” que describe Jorge Dioni López en su reciente libro sobre la cuestión. A la par, las ciudades medias y pequeñas irán adquiriendo signos de estatus a través de obras (de los palacios de congresos a las infraestructuras de comunicaciones) y de eventos (festivales de música, conciertos, etc.), entre otros. En no pocas ocasiones, serán actuaciones más de consumo interno y con una baja articulación, basándose en un mimetismo continuo.

La crisis financiera de 2008 será un punto de inflexión en el modelo. Como les ocurría a las clases medias, Esteban Hernández lo reflejó claramente en su libro de 2014 El fin de la clase media, a los territorios intermedios también les iba a pasar algo similar. Y es que la crisis de 2008, lejos de ser la oportunidad para el cambio de rumbo de un capitalismo desbocado a través del neoliberalismo, que lo impregna todo, supuso una aceleración de esta corriente. Las regiones periféricas y sus ciudades pequeñas y medias, por lo tanto, se verían sumidas en esa interrelación entre las bases del desequilibrio territorial y las consecuencias de la globalización protagonizada por las grandes ciudades. Sin embargo, tampoco estos territorios eran inocentes o víctimas de una especie determinismo que decíamos anteriormente. No, al contrario, de entre el abanico de opciones, se apuntaron a los que eran más fáciles, cortoplacistas y que encajaban con un relato que hacía hincapié en la calidad de vida, el valor de lo cercano y el papel de las TIC y las comunicaciones para conectarse con el mundo, todos ellos relatos que tenían sus bases de plausibilidad y que resultaban atractivos. El AVE y los aeropuertos se consolidaban como signos también de distinción, mientras otros territorios quedaban más aislados. ¿Había otra alternativa?, seguramente pocas más pero, en todo caso, no parece que fuesen muy valoradas.

En este trayecto, el medio rural del interior peninsular vivió un redescubrimiento y una puesta en valor sin precedentes. Fenómenos editoriales como el reconocido La España vacía de Sergio del Molino acuñaron incluso un término que, a través de otros procesos, se fue transformando en “España vaciada”, un concepto mucho más equívoco sobre la cuestión. El medio rural, estigmatizado hasta bien entrada la década de los noventa del siglo XX, ganaba el relato cuando el escenario cobraba una situación casi irreversible. Se habían dado numerosas inversiones y políticas públicas en el medio rural, se había apostado por sectores como el turismo para diversificar la economía, mientras la agricultura y la ganadería entraban en una crisis sistémica, y los resultados no llegaban. Esto producía una frustración en los articuladores y defensores de dicho relato, una parte del mismo basado en una idealización y romantización del medio rural que también tendría sus consecuencias no queridas. La última década ha reflejado una disonancia entre el relato y los resultados de las soluciones que se han intentado, basadas de nuevo en el cortoplacismo y el mimetismo.

A las ciudades medias y pequeñas, mientras tanto, les iba pasando que las bases con las que contaban tras los cambios de la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI les habían vuelto más vulnerables. Ciertamente, seguían manteniendo un buen nivel de vida, se mostraban cada vez más bonitas, contaban con más turistas que nunca e incluso sus pabellones deportivos o recintos se llenaban de conciertos y festivales. Pero, entre tanto, el sector secundario se había reducido, por no decir desaparecido, en no pocos casos. No se trata de una mirada nostálgica sobre un pasado que no volverá, sino de comprender las bases que habían articulado unas sociedades concretas en un tiempo y un espacio, que habían definido tanto las vidas de sus ciudadanos como parte de las bases de su existencia.

En un nuevo contexto, las ciudades medias y pequeñas iban viendo cómo ese proceso de la globalización les iba alejando de los grandes centros de decisión, que en el caso español siempre les había sido un tanto ajeno. Mientras que en otros países como Francia existía una tradición académica que alertaba sobre el creciente desequilibrio territorial, en España costaba más ver la articulación de esa problemática. Exceptuando algunos reportajes en prensa, como los publicados por El Confidencial en los que se investigaba sobre las crecientes migraciones procedentes del resto de provincias, o artículos que pasaban desapercibidos, poco más se observaba. A fin de cuentas, eran lugares en los que no pasan muchas cosas, en los que se vive bien y sobre los que caían ciertos prejuicios vinculados al conservadurismo, al control social y a un cierto anclaje en el pasado. Y se habían convertido en ese lugar al que ir de visita, de fin de semana o, en el caso de puente, alargar la misma.

¿Cuál es la situación del tablero en estos momentos para las regiones intermedias y periféricas y sus ciudades medias y pequeñas?, ¿cómo les afectarán las consecuencias de la pandemia de la covid-19?, ¿cómo queda el medio rural de estos territorios? Puede comenzarse por esta última pregunta. El medio rural de estas zonas tendrá salida en la medida en que lo tenga el espacio en el que se ubican. La configuración territorial ha generado unas interrelaciones que hacen imposible entender esa relación entre el medio rural y sus poblaciones de referencia como algo aislado. Durante mucho tiempo, y todavía se da, el relato sobre la situación de los pueblos se ha presentado de forma binaria: o ciudad o pueblo. Además, lo ocurrido en la última década con el medio rural enseña algunas cuestiones que pueden plantearse para las localidades ubicadas en el nivel siguiente y sus territorios. No hay soluciones a corto plazo. No hay recetas mágicas. No depende de deseabilidades ni de que Internet, el turismo u otro factor vaya a salvar a los pueblos. La solución debe ser más estructural, como veremos posteriormente.

En segundo lugar, la pandemia de la covid-19 parece que intensificará los procesos que ya estaban en marcha anteriormente. Se ha visto con la digitalización, con el teletrabajo y el comercio online, pero hay más aspectos. Lejos de esa visión idílica de que la gente volvería a los pueblos y a las pequeñas ciudades buscando más seguridad y tranquilidad, se está demostrando que, o bien está por ver, o bien es muy improbable. Si no hay un cambio de modelo, lo anterior no puede darse y se cae en una nueva idealización de determinados lugares, lo que vuelve a situarnos en un círculo vicioso del que parece difícil salir. De esta forma, aunque las esperanzas se pongan en fondos europeos que tienen que llegar, no estaría de más ser conscientes de que, si repetimos el modelo, el resultado será el mismo.

Ciudades pequeñas y medias, regiones periféricas e intermedias, juegan en un escenario más complejo que hace dos décadas. Llegaron lejos pero se encuentran en una especie de encrucijada. Son heterogéneas, entre ellas e internamente, pero las señales de cambios profundos que van a afectar en mayor medida a las siguientes generaciones, ya están presentes. Envejecimiento de la población, migraciones de jóvenes, transformación de modelos productivos pero sin alternativas, precarización del mercado laboral, cierre de empresas y de comercios… Frente a esta situación, se pondrá encima de la mesa de nuevo la calidad de vida, la tranquilidad, las oportunidades y se repetirán los mantras que se vienen acuñando desde hace tres décadas: Smart, Slow y Green. Estos suelen quedarse en continentes vacíos cuyo impacto está por ver.

Buscar un mayor equilibrio territorial incide en la cohesión social, pero primero habrá que plantearse qué entendemos por equilibrio, y no tiene que ver con aspectos ni principal ni exclusivamente cuantitativos, otro de los grandes mantras de nuestra era, sino con las condiciones para que se puedan desarrollar proyectos de vida. Y, en segundo lugar, supondrán tomar decisiones sobre el tipo de país y sociedad que queremos ser. Porque, en definitiva, ¿qué queremos que sean nuestras regiones?, ¿qué queremos ser los habitantes de las mismas?, ¿qué queremos que sean nuestras ciudades y pueblos?, ¿cómo encajamos en el conjunto del territorio? A partir de estas preguntas, se verá si seguimos por el mismo camino, y parece no lleva a un buen destino, o cambiamos de marcos y modelos. Difícil, sí. Necesario, también.

Bibliografía

Cardiel, A. (2021). Héroes de leyenda. La historia de una banda de rock mítica: Héroes del Silencio. Barcelona, Plaza Janés.
Del Molino, S. (2016). La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. Madrid, Turner.
Dioni López, J. (2021). La España de las piscinas. Cómo el urbanismo neoliberal ha conquistado España y transformado su mapa político. Barcelona, Arpa Editores.
González Férriz, R. (2020). La trampa del optimismo. Cómo los años noventa explican el mundo actual. Barcelona, Debate.
Guilluy, C. (2019). No Society: El fin de la clase media. Barcelona, Taurus.
Hernández, E. (2014). El fin de la clase media. Madrid, Clave Intelectual.
Sanguino, J. (2020). Cómo hemos cambiado. La transformación de España a través de la cultura pop. Barcelona, Península.

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