Una vieja metáfora de Schopenhauer compara los dilemas de la sociabilidad  humanas a un grupo de puercoespines que viviendo en el frío se calientan frente a un fuego y siempre tienen dificultades para encontrar equilibrio. Si se acercan demasiado al fuego para poder distanciarse e individualizarse se queman, pero si se alejan necesitan apiñarse en una masa que se pincha. El tiempo de pandemia nos sitúa ante una paradoja similar: el encierro que exige recogerse y desocializarse es la única conducta que limita el daño y favorece el bien común. Por el contrario volver a juntarnos aunque sea para las manifestaciones más justas o las escuchas culturales más iluminadoras son actos antisociales porque aumentan el riesgo de contagio.

Como en el juego de las siete y media el pasarse en las precauciones es preferible al no llegar. Esta estrategia enfrenta al bien común sanitario con el calculo egoísta de los inevitables daños económicos que nos trae la calamidad. Sorprende, es ya un indicador del futuro perfil de los daños subjetivos de la pandemia, la quejumbrosidad y la incapacidad para enfrentar los daños que presenta el imaginario colectivo de nuestra tierra. Por supuesto que la pandemia daña todo: sanidad sin presencialidad, enseñanza telemática, arte, comercio y hostelería cerrados, son catástrofes que toca enfrentar a esta generación como a otras les toco guerras y otras desgracias. Negarse a recorrer el duelo que esos daños colectivos generan y vivirlos como ofensas personales -¿por qué a mi?- enrabieta y oscurece el pensamiento colectivo hasta el punto que según el gremio que habla nadie se contagiaba en las aulas, los bares,los gimnasios, teatros o estadios y por ello deberíamos reabrir esos espacios desatendiendo cada día la cifra de muertos. Hacerse el sueco, repetir sin verbalizar la estrategia seguida en el norte de Europa de dejar correr al virus y esperar la inmunidad de rebaño que condujo a la catástrofe y a un encierro aun más severo.

Frente a ese modelo darwinista de la extinción del débil, la impecable gestión china de la pandemia me hace recordar una alegoría del Libro Rojo que repetíamos los comunistas de mi facultad. Mao imaginaba Europa como un anochecer de la ilustración fijada a una hipertrofia y el olvido de la igualdad-fraternidad de su primera expresión revolucionaria, mientras renacían en China.

Un tópico hegeliano afirma que cada generación es puesta a prueba por una guerra o una gran catástrofe que la despierta de la molicie individualista y del confort convirtiéndonos en colectivos frente a unos Poderes que podían llevarnos o evitarnos la muerte. Fue en un contexto de catástrofe y postguerra mundial donde nació, se desarrolló y se deterioró el estado del bienestar como gestor que evitase nuevas catástrofes. El neoliberalismo transformó esas solidaridades en sociedades líquidas donde  cada individuo gestiona su vida en términos egoístas de biografías regidas por el deseo en un contexto económico que permitía crecer las inseguridades de todos los espacios sociales. En la vida cotidiana los grupos naturales que sostenían las relaciones afectivas tradicionales con sentimientos fuertes de lealtad y pertenencia se ven por ello substituidos por las relaciones puras. Me asocio temporalmente con grupos de gustos similares que abandono cuando se apaga mi afición. Me amigo o junto en pareja con quien me cae bien y la relación dura lo que ese sentimiento. Los caleidoscopios familiares resultantes en que reconocer los abuelos de esas familias recombinadas es complicado, son las constelaciones que configuran nuestros espacios sociales. Parece difícil imaginar estructuras sociales peor preparadas que esas para enfrentar cualquier drama social como el de la pandemia porque precisamente se basan en el abandono de los vínculos en cuanto afloja el “amor”: la separación matrimonial tras la muerte de un hijo es el desgraciado estereotipo  de ese proceso.

Los atentados de Atocha fueron en España un anticipo de esa incapacidad para colectivizar el drama al que se refería Hegel. La respuesta española ya la conocemos: relato gubernamental falso sobre la autoría, estreno del sistema de las fake news, incapacidad de unidad ante el dolor con enfrentamientos entre asociaciones de víctimas y familiares y un largo etc poco edificante. Los aspectos de la atención psicológica o psiquiátrica también fueron bastante decepcionantes, tanto en el momento del impacto como en su cronificación, por la incapacidad de la escucha y el tratamiento profesional para contener un duelo que debió ser contenido por los grupos naturales y de ayuda mutua como los que animó en Madrid el entonces joven filósofo Amador Savater.

Con esos contextos y antecedentes es pronto para evaluar el impacto que sobre nuestro sentido común y nuestra psique está produciendo la pandemia, pero algunos síntomas sí permiten anticipar una evolución presidida a mi juicio por la amnesia, la continuidad en el individualismo posesivo y la desatención a los riesgos que la pandemia anunció.

  1. Si aceptar la adversidad y hacer trabajo de duelo parece una tarea imposible para nuestras poblaciones, la epidemia de trastornos psiquiátricos está asegurada porque como dice un tonto refrán “lo peor para los ojos es tener la vista mala” y esas etiquetas psiquiátricas-angustia, depresión, estrés postraumático- no son sino nombres técnicos que se subdividen diversas formas de enfrentamiento a la adversidad. Desde luego que los nombres no son inocentes porque anticipan las soluciones medicalizadoras y psiquiatrizantes que connotan.

La pandemia podía habernos convertido en sociedades menos medicalizadas y más autónomas, haciendo de necesidad virtud: la escucha no profesional, la ayuda mutua, los remedios no farmacológicos funcionaron cuando las consultas psi estuvieron cerradas y no hay evidencia de que los grandes trastornos psiquiátricos empeoraran. No hay registros de agravamiento de psicosis o trastornos bipolares con necesidad de ingresos durante la pandemia e incluso algunos trastornos se adaptaron muy bien al recogimiento. Esperar la epidemia de enfermedades mentales en ese sentido es un claro ejemplo de profecía autocumplida en beneficio de los gremios psi

  1. El culto a Dionisio es un tópico que se repite en la historia de todas las pandemias: botellones, fiestas francesas y similares son sus primeras expresiones de la voluntad general de disiparse y volver al abierto hasta el amanecer. En postmodernidad la diversión orgiástica, lejos de aceptar los riesgos que conlleva, necesita protegerse con el respaldo sanitario, Urgencias para las intoxicaciones alcohólicas-tóxicos  y cirugía para las broncas o atención psiquiátrica para recoger los que se pierden en la juerga.

Con los evitadores del duelo que describíamos en el apartado anterior  construyen el Peloton de los Quejicas que cuando la adversidad se les cuela bajo la piel lejos de buscar ayuda en familia o amigos corren a pedir ayuda a una seguridad social de la que nunca se ocuparon que transformara sus malestares en enfermedades cegándolos aún más en su autocomprensión.

  1. Durante el encierro el recogimiento y el decrecimiento obligatorio en el consumo pudo ser una buena experiencia de que se puede vivir mejor con menos. No usar la alta velocidad o el automóvil posibilitó separar las necesidades reales y artificiales rompiendo el tópico que identifica hiperconsumo-bienestar. Nada de eso sucede y lejos de aprender y hacernos más sobrios y más críticos, los encierros nos han hecho más ávidos y dependientes del mercado. Salir del túnel pandémico supone que el aire de las ciudades se vuelva a envenenar y a llenar de turistas, los muertos de carretera se multipliquen o que drogas y alcohol presidan el fin de semana. Reivindicar mejores viviendas, espacios verdes, prevenciones de salud colectiva son retórica política que no se viven como necesidades reales ni se sostienen con voluntad de lucha por su logro.
  2. Egoísmo vacunal o Sálvese quien pueda. La epidemia mostró cómo ningún individuo es una isla y cómo hasta que no se produzca la inmunidad de rebaño a nivel mundial el riesgo de reactivación de la pandemia por mutaciones permanecerá alto, de ahí las dudas de que los juegos olímpicos puedan celebrarse este verano. Frente a tal evidencia los países ricos monopolizan la distribución de la vacuna: la mitad de las dosis serán usadas este año por menos de la séptima parte de la población mundial porque los gobiernos ceden ante las exigencias de las farmacéuticas.

La nada revolucionaria OMS afirma que la escasez de la vacuna es un artificio del sistema de patentes que hace imposible la muy sencilla fabricación nacional de las vacunas repitiendo el drama acaecido con los antivirales contra el sida.

La ausencia de escándalo y protestas populares ante esas realidades demuestran la interiorización de la lógica capitalista y el anacronismo o el uso filisteo de palabras como solidaridad y no digamos internacionalismo. Cinismo popular se llama esa ideología que desatiende lo universal y se escandaliza cuando algún mandatario local se cuela para lograr la inmunidad mientras le parece lógico que los africanos esperen nuestras sobras para hacerlo.

 

La historia de las pandemias muestra que frente a la multitud cínica y dionisiaca que describimos se han alzado siempre voces que actualizan lo apocalíptico. Haber visualizado el riesgo puede facilitar la conciencia ecológica antes del colapso y razón nos da a la esperanza de que  la historia no está acabada con el triunfo de san mercado. Como pertenezco a ese gremio apocalíptico, enfrentado como quiere Eco al de los integrados, quisiera terminar este texto con las voces que escuchó el apóstol sobre esos mercaderes cuando vio cómo aquella Babilonia que se creía eterna fue arrojada al abismo “y los mercaderes que eran más que príncipes, los magnates de la tierra  lloran y se lamentan porque nadie compra ya sus mercancías…, los mercaderes, los que a costa de ella se habían enriquecido se quedan horrorizados llorando y lamentando ¡Ay!¡Ay de la gran ciudad!”

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