”Sí, Calvo Sotelo y Mola se llevaban a matar. En cambio, Franco y Mola fueron amigos, sobre todo al principio”.

Gloria bendita. Juan Madrid.

Hace unas semanas hubo un curioso debate en un grupo de Historia Contemporánea. Alguien subió una noticia del siglo XIX español afirmando que esa centuria era huérfana de historiadores, que no tenía a nadie que la estudiase. Aunque suene un poco trágico debemos decir que no le faltaba razón al autor de la queja, y la mejor prueba fue una de las respuestas: “Es que nadie se quiere morir de hambre”.

El siglo XIX parece no tener interés para los investigadores del pasado y muchas personas prefieren otros temas a los que dedicar sus tesis. Esto nos ha dejado un importante vacío en una época interesante, pero también muy inquietante; con absolutismo, pronunciamientos, constituciones o revueltas de la España vacía.

Filomena nos ha dejado unas imágenes para el recuerdo. La nieve es bella, pero también peligrosa. El 27 de diciembre de 1870 nevaba en Madrid, ese día hubo un atentado en la capital, en la calle del Turco. La víctima era Joan Prim, presidente del Consejo de Ministros y ministro de Guerra, que moriría tres días más tarde.

El general Juan Prim y Prats, Presidente del Consejo de Ministros (1814-1870)

El general Juan Prim y Prats, Presidente del Consejo de Ministros (1814-1870)

Para hablar de Prim tenemos que tener en cuenta que es un personaje poliédrico, una figura con muchas caras, que fue uno de los grandes protagonistas del siglo XIX. “Liberal, español, moderno, veloz, autodidacta, internacionalista, defensor de Catalunya, militar…” Así lo definía el periodista Enric Juliana. Y es que la carrera de Prim dio para mucho. Su faceta más conocida fue la de artífice de la Gloriosa Revolución de 1868. En esa fecha Isabel II fue derrocada y el trono de España quedó vacío, un año más tarde se promulgaba la Constitución de 1869, la más democrática de todo el periodo: la Carta Magna donde se conseguía el sufragio universal masculino. Por todo esto, Prim fue visto como un liberal demócrata, un paladín de la libertad. Sin embargo ya hemos dicho que tenía múltiples rostros. La afilada pluma del maestro Josep Fontana consiguió mostrar su desnudez, mostrando otros episodios históricos protagonizados por Joan Prim. Fue actor en oscuros episodios: como gobernador de Puerto Rico reprimió a bandoleros, también a esclavos; antes de esto acabó con la Jamancia en Catalunya, una insurrección que pedía una reforma social y una amplitud de miras en el concepto de democracia. No le tembló el pulso. “O caja o faja”, se cree que dijo, lo que muestra su ambición. Una traducción para todos los públicos de la frase es que de la revuelta solo saldría metido en una caja o con el fajín de general. Consiguió esto último, de manos de Serrano, otro personaje inquietante de la época. Prim había llevado al límite el concepto castrense del honor.

Y es que, por encima de todas las cosas, fue un militar. Un militar de batalla, que participó  en la Primera Guerra Carlista, en la Guerra de África o en México. Pero también un militar que participó en la primera línea de la conspiración y el pronunciamiento: fue afín a Espartero, regente de España entre 1840 y 1843, pero participó en su derrocamiento tras enemistarse con el general que bombardeó Barcelona. También combatió con los isabelinos, entre 1833 y 1840, pero su apellido estará eternamente vinculado a la revolución que puso fin al reinado de Isabel II.

En el gobierno provisional emanado de la revolución, jugó Prim un destacadísimo papel. Victoria suya fue la de que España pasase a ser una monarquía democrática encabezada por una nueva dinastía. Eran años convulsos en Europa y el trono español siempre era un caramelo. La propuesta de un príncipe alemán, Leopoldo, como nuevo rey de España fue uno de los detonantes de la guerra franco-prusiana de 1870-1871. A la final por el cetro llegaron dos aspirantes: por un lado estaba Antonio de Orleans, el duque de Montpensier, cuñado de la destronada Isabel II, que se había enemistado con esta tras matar en un duelo a Francisco de Asís Borbón, hermano del rey consorte. Por el otro el ya mencionado Amadeo de Saboya.

Amadeo de Saboya

Amadeo de Saboya

El duque de Montpensier era la gran baza de Serrano, el otro general al frente de la revolución, que parecía mostrar mucha antipatía por Prim debido a su carisma y su protagonismo. La votación dio el papel ganador a Amadeo y Antonio de Orleans no digirió nada bien la derrota. Comenzaba la cuenta atrás para la ejecución, Prim se granjeaba enemigos a cada paso que daba. Y es que en toda gran trama tiene que haber varios actores, los odios venían de varios frentes: los del duque de Montpensier, los de Serrano, los de los republicanos, que no habían conseguido instaurar un régimen  afín a sus ideales y que habían visto como tenían que tragar con una nueva dinastía monárquica, los de los esclavistas cubanos, que se habían visto amenazados por la posibilidad, bastante remota, de una independencia de la isla. La realidad en pleno conspiraba contra el militar catalán al frente del país. Y era algo sabido. Miguel Morayta y Sagrario, diputado republicano, rogó a Prim que  se acercase esa noche a una fonda, donde celebrarían un San Juan de invierno. Otro diputado, García López, suplicó que no pasase por la calle del Turco. Prim hizo caso omiso, pero las advertencias bien podían caer en saco roto. La trama conspirativa había abarcado muchas posibilidades para acabar con su vida, el atentado en la calle del Turco solo era una.

Acompañado de dos de sus hombres viajaba Prim esa noche de nieve. En la berlina que los transportaba llegaron a ir otros dos: Práxedes Mateo Sagasta y Feliciano Herreros de Tejada, ambos se acordaron de algún detalle importante y se bajaron antes de la emboscada. Quizás lo sabían todo, quizás vieron algo extraño en los silbidos y demás señales que los conspiradores hicieron para hacer ver que todo iba sobre la marcha. En un momento dado del breve trayecto un carruaje, situado justo delante de la berlina que transportaba al general, frenó en seco. El transporte de Prim se vio obligado a detenerse y varios hombres embozados lo asaltaron. Hubo una serie de disparos y una voz. Una voz que se cree que era la de José Paúl y Angulo, político y periodista republicano, antiguo colaborador de Prim, también enfrentado al general.

Reproducción de la época que representa el atentado contra Prim en la calle del Turco

Reproducción de la época que representa el atentado contra Prim en la calle del Turco

El militar y político sobrevivió al atentado, pero falleció tres días después. Y aquí se abre la enésima teoría sobre la conspiración: en una autopsia, que contaba con la figura del célebre Francisco Pérez Abellán, realizada hace unos pocos años, se habló de la más que posible muerte del general a causa de una asfixia provocada por un lazo. Esto quiere decir que alguien lo mató en su residencia. Esta tesis fue desechada por otros forenses, que vinculan su muerte a  las infecciones provocadas por las heridas. Es más que probable que nunca se sepa quién mató a Prim. Demasiados intereses, demasiados enemigos. El proceso que investigó el atentado fue obstaculizado y miles de papeles de la causa desaparecieron. La Restauración, que trajo de regreso a los Borbón, consiguió que se cerrase el caso.

La autopsia realizada hace unos años también mostró otra sorpresa: Joan Prim había sido enterrado con tres frascos, uno junto a los genitales, dos bajo las axilas. Formaban un triángulo, un triángulo masónico. Prim era miembro de una logia. España había tenido un presidente catalán y masón. Algo altamente improbable a día de hoy.

Amadeo de Saboya ante el féretro de Prim

Amadeo de Saboya ante el féretro de Prim

Joan Prim no fue el único presidente del Gobierno asesinado, pero sí que es el más olvidado. Al igual que con Carrero Blanco, por ejemplo, su muerte alegró a muchos, lo que nos hace creer que más allá del brazo ejecutor había una trama conspirativa que se benefició altamente del crimen. Prim murió tras un atentado, como Abraham Lincoln, persona a la que conoció personalmente. Casualidades o no del destino.

Pedro de Silva dejó esto escrito en su libro Las fuerzas del cambio: ”Por no salirnos de la historia de España, Angiolillo, el anarquista que asesinó a Cánovas, lo hizo como represalia por las ejecuciones de Montjuic. Pero dinero y ayuda se los proporcionó el delegado en París de la Junta Cubana, y eso ocurrió en plena Guerra de Cuba. El atentado fallido contra Franco en las Navidades de 1961 debió ser obra de un grupo anarquista, pero un hombre muy próximo al conde de Barcelona se pregunta en voz alta si Sáinz Rodríguez, que era más próximo aún, sabía o no sabía que el atentado se iba a producir”.

¿Quién mató a Prim? El mejor truco que el diablo  inventó fue convencer al mundo de que no existía.

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