Pablo Batalla es periodista, historiador y ensayista, autor de La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista.

Fue —me cuentan— en Soria; en uno de los varios parajes naturales hermosos de esa provincia castellana, que el Grupo de Montañeros Vetusta, decano de los de Oviedo, había seleccionado para formar parte de su nutrido programa anual de excursiones. Al poco de comenzar la caminata, un grupo de iracundos corredores se acercó a ellos. No podían estar allí, les dijeron: el camino estaba alquilado para una carrera. A la pregunta de si no podían los unos caminar mientras los otros corrían, de si no había camino para todos, una respuesta que resume el siglo: nosotros hemos pagado. 

Se compran y se alquilan, en efecto, los caminos en este tiempo en que ya nada hay que el capitalismo triunfante no sea capaz de poner en almoneda y se compran para correr, para competir, para hacer de ellos el escenario de una representación a pequeña escala de la vasta y despiadada competición social entre empresarios de sí en que se ha convertido la vida; para de ellos a mayor gloria de lo privado expulsar lo comunal. En un mundo de enclosures obsesivas en el que cada vez hay más espacios privados, mientras que van jibarizándose los públicos; las calles de nuestras ciudades son cada vez menos, como antes sí eran, un espacio de encuentro y fraternidad y cada vez más uno de tránsito y de consumo y los centros comerciales son las plazas mayores de la aldea global; en un mundo en que las grandes alamedas de cuya reapertura estaba seguro el Salvador Allende a punto de suicidarse, cercado en el Palacio de la Moneda, no sólo no se abrieron, sino que han ido cerrándose más y más; en ese mundo implacable, brutal, esta malversación viaria cerca ya también (en el doble sentido de cercar: los acecha, y los valla cuando los ha conquistado) los caminos rurales a fin de transformarlos en gimnasios al aire libre. El interés es monetario, pero no sólo; también educativo, adoctrinador. Hay un ethos capitalista del que las carreras son una correa de transmisión privilegiada; un Homo capitalisticus funcional al sistema del que la épica runner, el deporte en general, es nutrición principalísima. Citius, altius, fortius. Más rápido, más alto, más fuerte que el vecino. «La vida es lucha despiadada/ nadie te ayuda, así no más,/ y si tú solo no adelantas,/ te irán dejando atrás, atrás./ ¡Anda, muchacho, y dale duro!/ La tierra toda, el sol y el mar,/ son para aquéllos que han sabido/ sentarse sobre los demás», le decía su abuelito a José Agustín Goytisolo en poema hecho famoso por Paco Ibáñez y hoy nos dicen por doquier los altavoces del Leviatán, y también sus senderos balizados con ánimo de lucro y un pódium al final. 

Un caminante no expulsa a otro de un camino, pero los corredores sí expulsan a quienes no lo son, y el sistema que hace de la expulsión su metafísica los recluta resueltamente como sacerdotes o catequistas de su religión de la ilibertad, la desigualdad y el fratricidio. Y como han hecho siempre todas las religiones, planta sus santuarios sobre los de los credos viejos a los que desplaza o los resignifica. Una senda caminada no podría ser más distinta de una senda corrida. La primera es un ágora lineal en la que uno entra en diálogo y debate con los que andan con él, con aquellos otros caminantes con los que se encuentra, consigo mismo por vía de la puesta en marcha del cerebro que la de las piernas facilita (Kierkegaard calculó que la mente funciona de manera óptima cuando se marcha a cinco kilómetros por hora), con su entorno, con los habitantes de la montaña —pues la montaña tiene habitantes, para fastidio de quienes, transidos de una misantropía también muy del siglo, aman los parajes inhóspitos, expurgados de toda huella humana—. Caminar nacionaliza, fraterniza; correr, en cambio, privatiza; transforma el sendero no ya en ágora sino en palacio o castillo; hermética fortaleza de la egolatría del corredor. Corriendo no dialogamos; no lo hacemos ni con otros, ni con nosotros mismos, pues dialogar con otros ralentiza y nos impide arañar segundos al cronómetro y correr no facilita el pensamiento, sino que lo aturde; consagra toda la masa encefálica del runner a la autoletanía del «tú puedes, tú puedes» y las frases de póster motivacional. No en vano Iñaki Urdangarin corre en prisión —se ha contado— para no pensar. Y no-pensantes nos quiere este sistema que arrasa las humanidades, convierte las universidades en centros de adiestramiento y agencias de colocación, expande la antipolítica y enaltece como virtus el deseo frente a la reflexión, lo instintivo frente a lo razonado, la visceralidad frente a la deliberación, lo espartano frente a lo ático.

Se compran caminos, y en buena lógica, alguien los vende. Ayuntamientos rurales despoblados, desesperados por revivificar al menos sus comarcas, si es que no repoblarlas, encuentran en el boom de las maratones de montaña un equívoco mister Marshall. Tal como el aristócrata empobrecido malvende las alhajas familiares, la España vaciada por los procesos capitalistas de concentración poblacional lleva al mercadillo del capital sus tesoros naturales, histórico-artísticos, florifaunísticos, etcétera, cuyos reglamentos de protección llega a estar dispuesta a revisar, eliminando de ellos aquellas porciones que resulten un inconveniente en el regateo con los bárbaros de las mallas fosforescentes, los batidos hipercalóricos y las mochilas-botijo: prohibición de actividades deportivas masivas a fin de proteger la florifauna o prevenir la erosión de los caminos, etcétera. Y es así que llegan a correrse maratones en las cuevas leonesas de Valporquero (un EspeleoTrail que acumula ya varias ediciones) o el castro prerromano gallego de Santa Trega, en el que se corre por encima de los muretes; o se pretende que una atraviese, aprovechando un vacío legal, los cantaderos de urogallo del protegidísimo bosque asturiano de Muniellos. En este tiempo enloquecido en el que es una noticia de la prensa seria, y no de la satírica, que una inmobiliaria neoyorquina, Rapid Realty NYC, aumenta el sueldo de sus trabajadores si se tatúan el logo de la empresa (y, lo que es peor, se trata de una iniciativa espontánea de un empleado que luego el jefe decidió promocionar ante el resto de trabajadores), viene a suceder que los depauperados municipios rurales acepten tatuar códigos de barras y peuvepés en estalactitas y estalagmitas, osos pardos, picos emblemáticos, robles centenarios.

Por éstas y otras vías, el agro se convierte en un gigantesco parque de atracciones de manera prácticamente literal, imitadora a su modo del modelo Port Aventura: adrenalina y espectáculos; el Dragon Khan de los deportes de riesgo y la vida rural convertida en un show para urbanitas impresionables, fascinados por el ordeño de una vaca, el vareado de un manzano y otras labores agroganaderas filtradas por un prisma arcadizante, disneyficante, expurgado de una memoria de la dureza, de la miseria y de la injusticia; de un «¿quién levantó los olivos?» hernandiano. Port Aventura, o hasta Jurassic Park. En España ha llegado a estar a punto de suceder que una corporación norteamericana convirtiera el Maestrazgo en una reserva de especies salvajes desaparecidas en la que se organizaran así llamados safaris, y de la que se expulsara virtualmente la actividad agroganadera de la zona. Una especie de Eurovegas del ecoturismo. Sus promotores declaraban abiertamente en el proyecto que «el mejor aliado es el abandono rural», y el Centre d’Estudis dels Ports acabó por rechazar la iniciativa por considerar que respondía «a una visión colonialista del territorio» y a una «actitud paternalista» hacia las poblaciones involucradas.

Georges Pompidou decía en 1971 que «salvar la naturaleza, que será mañana la primera necesidad del hombre, es salvar la naturaleza habitada y cultivada. Una naturaleza abandonada por el campesino, aunque esté cuidada, se convierte en una naturaleza artificial e incluso fúnebre». Decía también que «el abandono de tierras casi siempre es el resultado de la conjugación de fenómenos socioculturales y económicos» y explicitaba el compromiso de su Gobierno de salvar el campo y la vida rural. En la misma línea, en 1977, Giscard d’Estaing proclamaba a su vez en un discurso pronunciado en Vallouise que «la agricultura es el mejor guardián de la montaña. […] Cualquiera que sea la actividad, debemos apoyar sobre todo la instalación de los jóvenes y sus familias, ya se trate de jóvenes nativos o de aquellos venidos de otras partes». En Italia o Alemania sucedían parecidas cosas: el contadino y el Bauer eran apreciados y ensalzados y proteger y defender la vida rural un compromiso colectivo, de Estado. En la España desarrollista, muy en cambio, se estigmatizaba al labriego a través de una recurrente figura cinematográfica del hombre de la boina, del paleto —encarnado por Tony Leblanc, José Luis Ozores, Alfredo Landa…—, que hizo enorme fortuna y contribuyó grandemente a arruinar la autoestima del mundo campesino y a convertir a los labriegos en los desertores del arado a los que cantaba Víctor Manuel. El lodo de la despoblación viene de aquellos polvos y no ha dejado de ser alimentado por teleseries como El pueblo, con sus rancios sainetes sobre alocados malentendidos entre urbanitas atribulados y gañanes toscos pero de buen corazón. Esos establos de Augías no los limpiarán las carreras de montaña, panes para hoy y hambres para mañana que derraman unos óbolos sobre nuestras siberias demográficas una vez al año pero no contribuyen a una recuperación verdadera, y aun la dificultan al fijar una determinada cosmovisión del campo como espacio subordinado a la ciudad, sirviente a sus intereses y necesidades, las deportivas en este caso.

Jaime Izquierdo hace un juego de comparación con las especies en peligro de extinción y afirma que es necesario reintroducir al campesino en sus lugares naturales; aseveración que cabe articular con la del antropólogo Adolfo García Martínez sobre la necesidad de una agricultura no concebida como una pieza de museo, una criatura retrasada a la que haya que proteger o un reservorio de valores del que nuestras inciertas sociedades deban esperar su salvación, sino como un partenaire más en un debate colectivo que afecte al futuro de la sociedad en su conjunto. La ciudad y el campo deben dialogar de tú a tú y el campo recuperar una identidad propia, individual, expresada en sus propios términos y no como un apéndice, el que sea, de la ciudad. Dejar de vender caminos. Necesitamos un 15-M de los senderos que los ocupe de nuevo; que en ellos y desde ellos grite que tampoco allá hay pan para tanto chorizo; que expulse a los mercaderes del templo de los bosques, los arroyos y las montañas; y que haga la advertencia que Paco Ignacio Taibo I hacía en una ocasión en una de las viñetas que publicaba en el periódico mexicano El Universal: tarde o temprano, en todos los palacios entra el pueblo.

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