Pedro Roldán, presidente de la Sociedad Cultural Gijonesa

«Para quedarte donde estás tienes que correr lo más rápido que puedas. Si quieres ir a otro sitio, deberás correr, por lo menos, dos veces más rápido

«A través del espejo y lo que Alicia encontró allí«, Lewis Carroll.

La historia nos demuestra que la realidad es dinámica y cambiante. Nada permanece inmóvil ni inmutable: todo se encuentra en constante movimiento y debe adaptarse a nuevos contextos. Lo que no se mueve, no se adapta y no evoluciona está condenado, irremediablemente, a la decadencia y al fracaso.

Lewis Carroll convirtió esta idea en una de las escenas más conocidas de «A través del espejo». Alicia corre y corre, pero descubre, para su sorpresa, que permanece en el mismo lugar. La Reina le explica entonces que, en aquel mundo, hay que correr todo lo posible para continuar donde uno está; si se quiere llegar a otro lugar, hay que correr mucho más deprisa.

Esta escena ha sido utilizada posteriormente en ámbitos tan diversos como la biología, la geopolítica o la economía, dando nombre a la llamada Hipótesis de la Reina Roja. Estar continuamente haciendo cosas, incluso cosas que requieren un gran esfuerzo, no constituye por sí mismo una garantía de progreso. Cuando todo cambia rápidamente, correr puede no ser suficiente. Puede incluso ocurrir que se esté haciendo un enorme esfuerzo y pese a ello, se quede cada vez más atrás.

Gijón lleva décadas instalada en una situación de claro estancamiento. La transición desde una sociedad industrial hacia un modelo de desarrollo basado fundamentalmente en el turismo y la hostelería, ha transformado profundamente no solo su estructura económica, sino también la propia identidad de la ciudad.

Durante décadas, la ciudad creó determinados equilibrios y consensos desde los que se construía una idea relativamente compartida de futuro. La progresiva desaparición de buena parte de aquella estructura industrial quebró esos equilibrios sin que llegáramos a construir un nuevo proyecto colectivo. Y en ese vacío ha ido creciendo un pesimismo nostálgico.

Una nostalgia que idealiza su pasado y que en ocasiones termina convirtiéndose en resistencia a imaginar el futuro. Una ciudad que envejece, corre el riesgo de desarrollar una cultura orientada a conservar lo que tiene en lugar de crear aquello de lo que carece.

Ese círculo es peligroso: menos dinamismo genera menos oportunidades; menos oportunidades dificultan la llegada y permanencia de población joven; y ese envejecimiento, a su vez, alimenta una mayor resistencia al cambio. Romper esa dinámica debería ser una prioridad colectiva.

Evolucionar no significa renunciar a nuestra identidad. Gijón no necesita dejar de ser la ciudad industrial y trabajadora que ha sido históricamente. Precisamente ahí reside una parte esencial de su fortaleza.

El reto consiste en evolucionar desde nuestras raíces, no arrancarlas. Necesitamos aprovechar las oportunidades de la transición energética y tecnológica para preservar y reforzar aquello que hace que una ciudad sea verdaderamente habitable: sostenibilidad, servicios públicos de calidad, actividad cultural y, de manera especial, garantizar el acceso a la vivienda.

Porque crecimiento económico y progreso social no son conceptos contrapuestos. Una ciudad no puede considerarse exitosa si aumenta su actividad económica mientras una parte creciente de sus habitantes tiene dificultades para acceder a una vivienda o desarrollar plenamente su proyecto vital. Nuestro objetivo debería ser conseguir que crecimiento y derechos sociales se refuercen mutuamente.

Para ello necesitamos resetear nuestra forma de pensar la ciudad. Los desafíos actuales son demasiado complejos para ser abordados exclusivamente desde las instituciones. Pero tampoco pueden resolverse al margen de ellas. Gijón necesita una amplia alianza de su sociedad civil: asociaciones empresariales, sindicatos, organizaciones sociales y culturales y movimientos vecinales. Una sociedad civil plural, fuerte y vertebradora que no compita por ocupar espacios, sino que colabore para construirlos.

No necesitamos crear más organismos, estructuras o burocracia que produzcan documentos. Necesitamos conseguir que las estructuras que ya existen funcionen de otra manera. El Consejo Social de Gijón es un buen ejemplo. Cuenta con un enorme potencial, pero con demasiada frecuencia queda atrapado en una lógica burocrática y meramente consultiva, que limita su capacidad para actuar como un motor de dinamización.

La solución pasa por establecer una colaboración más fluida entre la sociedad civil, que representa el pulso real de la ciudad, y las instituciones que ostentan la representación democrática de la ciudadanía. Eso significa avanzar hacia una verdadera cogobernanza: una forma de trabajar en la que cada actor conserve su autonomía y sus responsabilidades, pero todos compartan una misma dirección estratégica.

Porque uno de los grandes problemas de las ciudades contemporáneas no es la falta de iniciativas. Es, precisamente, la dispersión de esas iniciativas. Gijón tiene talento, organizaciones, instituciones y ciudadanos capaces de hacer grandes cosas. Lo que nos falta es una hoja de ruta compartida que permita sumar esfuerzos en lugar de fragmentarlos. Necesitamos dejar de preguntarnos qué puede hacer cada uno por separado y empezar a preguntarnos qué podemos construir juntos.

Volvamos, entonces, al espejo de Alicia. Gijón no necesita correr simplemente para permanecer donde está. Necesita correr más deprisa que el cambio que se está produciendo a su alrededor. Y, sobre todo, necesita saber hacia dónde quiere correr.

No se trata de crecer por crecer. Tampoco de competir con otras ciudades copiando sus modelos ni de convertirnos en una ciudad turística más. Se trata de construir nuestro propio modelo de futuro. Porque el alma de la ciudad no se decide ni se planea con quienes únicamente pasan unos días y entran en su casa utilizando un código de Airbnb.

Un Gijón basado en una industria moderna, un comercio dinámico, innovación tecnológica, cultura y servicios públicos sólidos. Un Gijón capaz de generar riqueza y, al mismo tiempo, de convertir esa riqueza en progreso. Porque el progreso no consiste únicamente en producir más. Progresar significa vivir mejor, ampliar derechos, facilitar el acceso a la vivienda, fortalecer los servicios públicos y conseguir que nadie quede excluido de los beneficios del crecimiento económico.

Ese es nuestro gran reto colectivo. Avanzar más deprisa, sí. Pero hacerlo juntos. Y sin dejar de ser quienes somos. Porque, quizá, la verdadera lección de la Reina Roja no sea que tenemos que correr cada vez más. Quizá sea que, si seguimos corriendo de la misma manera, nunca llegaremos a ninguna parte.

Artículo publicado en La Nueva España

 

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