Nacho Muñiz es coordinador de los ciclos de cine de la Cultural

No hay ya año, ni casi mes, que pase sin que haya ocasión de celebrar aniversarios de tal o cual película o cineasta; la nómina de grandes nombres del cine es larga y siempre tenemos alguna efeméride que recordar. Sin ir más lejos, el 1 de mayo cumplirá 80 añitos “Citizen Kane”, tan joven como siempre; dado que es, con diferencia, la película más comentada y analizada de la cinematografía mundial, habría que tener algo verdaderamente interesante y novedoso que aportar para volver sobre ella. Me temo que no es el caso.

El mismo mes, pero diez años antes, se estrenó en Berlín otra película fundamental en la historia del cine, no tan universalmente festejada quizás, pero igualmente imprescindible y básica para entender el desarrollo de eso que llamamos el lenguaje cinematográfico; de hecho, es el primer gran film sonoro.

Su título no puede ser más escueto: “M”. Su director, Fritz Lang. Antes de empezar con la película en sí, hay que aclarar un malentendido frecuente: el título es “M”, sin más. Todos los subtítulos que se le atribuyen son añadidos posteriores (el de “El vampiro de Düsseldorf” se le puso en España, por ejemplo). El único que iba a ser original era el de “Mörder unter uns” (“Asesino/s entre nosotros”), pero Lang tuvo que eliminarlo para poder rodar en los estudios de la UFA, ya entonces controlada por nazis, que pensaban que lo de “asesino” iba por ellos.

Fritz Lang M

Otra afirmación inexacta que suele hacerse sobre la obra maestra de Lang es que está basada en los crímenes de Peter Kürten, un asesino en serie que fue capturado en Düsseldorf en esa época; en realidad, el de Kürten es uno de varios casos de la época en los que se inspiraron Lang y su coguionista y esposa Thea von Harbou para escribir el guion, pero en aquel momento el nombre de Kürten estaba de máxima actualidad (de hecho, fue guillotinado dos meses después del estreno). Lang y von Harbou querían que el criminal protagonista lo fuera de la peor especie para que el público no pudiera compadecerse ni sentir la mínima empatía por él, por lo que se inclinaron por la tipología más horrible y espeluznante imaginable: un asesino de niñas. Y, por cierto, la historia no transcurre en Düsseldorf, sino en una ciudad sin nombre (aunque en una escena se alude al asesino que tiene pendientes a “cuatro millones y medio de personas”, población aproximada de Berlín entonces). Para encarnar al repugnante sujeto, Lang pronto se decidió por un actor húngaro que entonces estaba despuntando en el teatro berlinés; se llamaba László Löwenstein, pero en los carteles figuraba como “Peter Lorre”. No fue la única elección feliz de Lang.

Son varias las razones que hacen de “M” un título trascendental en la historia del cine. La primera es que se trata de la primera gran película sonora. Como es sabido, en esos primeros años de adaptación al nuevo medio, las pantallas rezumaban diálogos, canciones y ruidos; como decía Hitchcock, más que de “cine sonoro” se trataba de “cine parlanchín”; además, las nuevas cámaras eran inmóviles y muy pesadas, por lo que se impuso un estatismo teatralizante en la imagen. Lang, que había sido uno de los grandes nombres del mudo, fue uno de los primeros en comprender las posibilidades que ofrecía el sonido más allá de la novedad y decidió utilizarlo como un elemento independiente del lenguaje visual: la función del sonido en “M” no es la de simple complemento de la imagen, sino que la modifica, determina o contradice según sea necesario. El uso del sonido “fuera de campo” es constante a lo largo de todo el film, permitiendo en muchas escenas que los planos rompan la continuidad espacio-temporal, pues el elemento que los vertebra no es visual, sino sonoro. Pondré un ejemplo: en la primera secuencia (a la que volveré luego) hay una escena en la que se suceden varios planos inconexos de los lugares que frecuentaba la niña desaparecida: Lang los unifica por medio de los llamamientos desesperados de su madre: “Elsie, Elsie!” También abunda en la película una técnica narrativa que utilizará Orson Welles en “Citizen Kane” diez años después: el desarrollo de escenas paralelas en el que vamos saltando de una a otra por medio de una falsa continuidad de los diálogos, pues suceden en escenarios distintos. Por último, Lang, al comprender todo el potencial narrativo y expresivo que tiene el sonido, también nos descubre la importancia de un elemento que parecía ya olvidado: el silencio. “M” está atravesada de silencios, a veces espeluznantes, a veces desoladores, a veces ensordecedores. Como muestra de ello, el uso que se hace de la música: todo el que haya visto la película recuerda cómo el asesino silba “En la gruta del rey de la montaña” de Grieg; es el primer “leitmotiv” del cine, y uno de los más famosos. Pues a pesar de esa asociación tan estrecha entre película y música, no hay ni una sola nota más en todo el metraje; no hay banda sonora, sólo una melodía que se silba un par de veces, tal es la fuerza expresiva de los elementos a los que recurre Lang, dosificados siempre al máximo.

No es sólo el magistral uso del sonido lo que hace de “M” un título seminal. Como decíamos antes, Lang había decidido abordar en su debut sonoro la psicosis criminal; en principio, tratándose del director de “Doctor Mabuse” podríamos esperar una vuelta al mundo del expresionismo y de las fantasmagorías que dio tantas obras maestras, de “El estudiante de Praga” al “Caligari” (por no hablar de literatura). Pero no, esta vez no se trata de un “Doppelgänger” o de una alegoría gótica: el protagonista es un psicópata real que deambula por las calles de una ciudad contemporánea, y no vamos a asistir a una sucesión de escenas terroríficas (sólo en la primera secuencia), sino a las investigaciones policiales -a las que se sumarán después los delincuentes- para capturar al asesino.  Estamos ante cine de prosa, no de verso. “M” no es sólo el bautismo del cine sonoro, sino también del cine negro. No sorprende que Lang se convirtiera en un consumado maestro del género en su exilio americano.

Por una vez, terminemos por el principio. He mencionado ya la primera secuencia de la película. Es, sin duda, el comienzo más analizado y estudiado del cine, más aún que el de “Sed de mal”. Y no es para menos, pues son siete minutos antológicos que se quedan grabados desde la primera vez que se ven; con ellos crea Lang el ambiente opresivo y asfixiante del film a la vez que presenta los elementos básicos de la narración con increíble rapidez y sutileza. Y contiene, además, el famoso plano en el que una sombra se proyecta sobre un buzón en el que está pegado un cartel de “Se busca al asesino” y sobre el que rebota la pelota con la que juega la pobre Elsie; en ese momento, oímos fuera de campo la voz viscosa de Peter Lorre (¡imprescindible versión original!): “Tienes un balón muy bonito. ¿Cómo te llamas?”

Es por momentos como este y por películas como esta por lo que el cine, a veces, llega a la categoría de arte. Feliz cumpleaños, “M”.

Bibliografía

De Caligari a Hitler, una historia psicológica del cine alemán”, de Sigfried Kracauer. Ediciones Paidós Ibérica, 1985.

La pantalla demoníaca”, de Lotte Eisner. Ediciones Cátedra, 1988.

Sombras de Weimar. Contribución a la historia del cine alemán 1918-1933”, de Vicente Sánchez-Biosca. Editorial Verdoux, 1990.

Fritz Lang”, de Fernando Méndez-Leite von Hafe. Ediciones Daimon, 1980.

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