Rubén González Hidalgo: es patrono de la Fundación Mar de Niebla

Aprender de la crisis Covid-19 y relanzar Europa, este es el imaginario que está haciendo posible el Plan Europeo de Recuperación: Next Generation UE. Para el caso de España, 140.000 millones de euros que dan o, mejor dicho, darán forma al España Puede. Un esfuerzo inversor adicional sin precedentes en nuestra historia reciente, el propósito es devolver la confianza en el futuro de Europa, que definamos la Europa que queremos ser y en ese destino escogido, despleguemos las acciones hoy.  Y en esas acciones, tres pilares básicos sobre las que sustentar todo: una sociedad más verde, más digital e inclusiva.

Difícilmente se puede llegar a donde no se ha fijado el rumbo, necesita Gijón definir sus compromisos para la neutralidad en carbono, un objetivo ampliamente compartido y que sea habilitante de acciones que nos lleven a su consecución. Europa no nos pide escoger bandos, nos pide escoger objetivos y la neutralidad climática, por encima de ellos. ¿Acaso no es la ciudad, una maravillosa herramienta para conseguir nuestros objetivos? Usemos la ciudad como estímulo para más lejos de lo que diga nuestra nómina, nuestro que hacer diario implicarnos en aquello que voluntariamente suscribimos, nuestro gran proyecto vital, ¿acaso hay algo más humano que colaborar por una mejora de las circunstancias vitales de nuestra descendencia?

Para ello vamos a necesitar un cambio de paradigma en la operativa de la administración pública de la ciudad. Las distintas competencias desplegadas, tanto en su nivel administrador central, como las diferentes agencias, fundaciones, patronatos y empresas públicas; todo este despliegue administrativo debe incorporar la operativa en modo plataforma. Una administración puede organizar la ciudad en su vertiente urbana, puede diseñar ordenanzas municipales, puede contratar y puede otorgar subvenciones, entre otras cosas. Es además un conjunto de personas que pueden trabajar codo con codo con la ciudad, con sus barrios para ayudarles a conseguir sus objetivos sociales, creando las condiciones de acceso a la información, generando conocimiento, habilitando la acción ciudadana como trabajo frontera para el progreso de la ciudad, generando una plataforma para que la ciudadanía pueda hacer.

No sé si una ciudad puede ser neutra en carbono en el 2030 o en el 2040, lo que si sé es que puede hacer mucho para dar un paso adelante y marcar la diferencia. Una vez que tengamos ese objetivo, podremos mirar todas las personas a un mismo punto y desplegar todas las palancas que están en nuestras manos, a saber: la palanca urbanística, económica, cultural y social.

Un urbanismo compacto, que no divida la ciudad en silos, sino que haga de cada unidad urbanística, algo complejo y completo, evitando la degradación del suelo y minimizando la necesidad de traslados cotidianos: el teletrabajo, en cualquier de sus fórmulas intermedias, nos va a permitir vivir más si cabe en nuestros barrios. Si estos cumplen nuestras necesidades en todas las franjas del día en condiciones normales, estaremos consiguiendo de forma directa una gestión más eficaz de la energía y una reducción directa de las emisiones. Consiguiendo además un extraordinario efecto sobre la seguridad y el confort en el propio barrio, 24 horas activo y lleno de vida. El barrio bajo esta perspectiva debe contar con un diálogo continuo digital con la administración, las Smart cities, serán realidad el día que tu identidad digital sea reconocible por tu ciudad y bajo esa trazabilidad te facilite la vida en cualquier gestión e interlocución con los entes administrativos. Por supuesto con modelos que aseguren la privacidad, con un claro objetivo de mejorar la accesibilidad y evitar traslados y esperas innecesarias.

Es este urbanismo complejo y vivo, el que puede habilitar mejoras en la movilidad, salvándonos de traslados innecesarios, haciendo a las unidades urbanísticas, nodos de una red de movilidad limpia que solucione el 80% de las necesidades bajo formatos compartidos: bicis, patinetes, coches, furgonetas, autobuses, en una plataforma digital eléctrica que de servicio a la ciudadanía para cada necesidad, sin penalizar ese otro 20% de casuísticas de movilidad excepcional que no debe verse penalizada ni dificultada.

También en su vertiente de gestión de flujos de agua y de residuos, las unidades urbanísticas complejas, pueden actuar en su reducción, generando optimizaciones, implicando a la ciudadanía en su mejora continua y creando activos que permitan dar un extraordinario salto adelante.  La gestión de la huella hídrica y la transición a la economía circular, donde hay unas herramientas poderosas en el cambio de comportamiento pueden jugar un papel fundamental para la consecución de los objetivos comunes. La reducción es uno de los elementos, repensar como hacemos las cosas, rediseñar nuestras casas y nuestros barrios, generar espacios para compartir recursos, tienen un impacto increíble una vez se vencen las barreras culturales.

Una economía en continua transición, bajo los pilares de la transición verde, digital e inclusiva. La industria de ninguna manera esta reñida con la transición que plantean los fondos de recuperación. Lo está si nos centramos solo en una parte, la aparición de nuevas industrias digitales, biotecnológicas y de energías renovables. Sin duda estas industrias tendrán un papel cada vez más creciente en la economía de la ciudad, pero también hay oportunidades en el concepto de descarbonización de la economía. Hay movimientos deseables inmediatos, como la regeneración de las viviendas para su mejor comportamiento energético, que sin duda tendrá un impacto muy relevante en la consecución de los objetivos. Pero también hay acciones de calado que se ajustan a la casuística industrial de la ciudad. La industria intensiva en su generación de emisiones debe recorrer un largo camino para la reducción, un diálogo transparente y continuo, donde se analice el problema y se busquen soluciones tecnológicas, no solo es una oportunidad para conseguir reducir las emisiones, también es una oportunidad para aprender sobre tecnologías diferenciales, aquellas que por útiles pueden llevarse a un impacto global más lejos del perímetro de nuestra ciudad. Y sobre todo será una oportunidad para la reconciliación. Al ser humano le gusta moverse en la contraposición, sin embargo, a lo largo de la historia, nuestros mejores logros han venido derivados de la colaboración y la mejora incremental. Hay una oportunidad histórica para devolver la confianza a la ciudadanía en sus industrias, a que jueguen juntas la partida de la sostenibilidad.

Estas dos palancas, la urbanística y la económica, son elementos que pueden vehiculizarse dentro del Plan España Puede. El acceso a las partidas presupuestarias ha empezado su partida. La ciudad debe fijar objetivos de neutralidad climática, consensuarlos y con ellos fijar los proyectos que van a permitir alcanzar reducciones de emisiones y una mayor economía circular. Para alcanzar esto es necesario además del diálogo y el respaldo de todos los agentes sociales, se necesita un complejo sistema de medición. Aquí las herramientas digitales se vuelven indispensables. Para saber si estamos alcanzando nuestros objetivos, necesitamos medir y para medir, necesitamos la infraestructura digital que lo permita y formas de medición que una vez trazables sean certificables frente a terceros. Europa no proponer un camino naif de acciones puntuales, vistosas y carentes de medición de impacto. Europa nos pide transformación y aprendizaje. Esto requiere que cada proyecto bajo la batuta de la neutralidad climática se pueda explicar en términos de impacto y este sea monitorizable y verificable.

 

Todo esto en su conjunto elementos: objetivos de neutralidad climática, diálogo y colaboración, acciones de impacto, sistemas de modificación y verificación; son los que habilitarán a la ciudad a poder estar en el Next Generation UE. Todos como condición necesaria para estar en Next Generation UE, pero hará falta algo más para ser Next Generation UE.

No habrá transformación real sin una transformación cultural y social y estas son las dos palancas definitivas que la ciudad tiene que abordar. La próxima generación debe recoger de nosotros un modelo social sin duda más inclusivo, que consiga alejar los fantasmas de la desigualdad. Para ello debemos cambiar el tablero de juego primero; hemos convivido con una manera de entender nuestra sociedad, la de los últimos 200 años, pero ahora Europa quiere, queremos, encontrar un renovado camino, uno ajustado a los retos de ahora, si, pero también ajustado a las herramientas de nuestro tiempo.

El trabajo cultural para explicar el camino que queremos seguir y las herramientas que tenemos para ello es fundamental, ¿quién puede desear algo que no entiende? Sabemos los efectos de la emisión de emisiones, no solo en términos climáticos, si no en la salud. Sabemos el efecto de más espacios verdes en las ciudades, de usar modos de movilidad más limpios, ¿realmente tenemos que conseguir los objetivos por imposición? Si creamos los instrumentos para hacer partícipe a cada unidad urbanística, al conjunto de la ciudadanía y les damos herramientas para ser protagonistas; será algo que creemos todos, ayudándonos, no echándonos nuestras opiniones como armar arrojadiza. Trabajar la dimensión cultural bajo el paraguas del Next Generación UE, es trabajar en la capacidad exploratoria, la que nos permite ver los retos que tenemos por delante, trabajar en pensamiento crítico, lo que nos permite dudar de nuestras afirmaciones de forma permanente, trabajar en habilidades para la comunicación y el trabajo en equipo, trabajar para ser protagonistas del cambio que queremos ver hecho.

Y esto me lleva a la siguiente y última palanca, la social.  La ambición del Next Generation UE debe ser reestablecer la confianza en Europa, en el sentimiento de unidad y en que tenemos el mejor sistema social del mundo. No sé me ocurre mejor campo de trabajo que la ciudad para reestablecer esa confianza. Nuestro contrato social se renueva, estamos superponiendo un sistema social sobre otro y el resultado tendrá que ser irremediablemente mejor. Ahora, empezaremos por fin una transición que tiene que ver con mayor sostenibilidad y la digitalización. Esta transición quiere acabar con los daños colaterales de un impacto ambiental fuera de la ecuación en la generación de riqueza y quiere acaparar toda la productividad y valor escondido en los procesos de digitalización. No lo duden, ambos propósitos son deseables y a estas alturas, imparables. Pero debemos recobrar la fe en el proyecto europeo al explicar y actuar bajo un principio de solidaridad renovado, en toda transición hay personas más favorecidas que otras. Debemos visibilizar que vamos a ser capaces de hacer avanzar a la sociedad en su conjunto, que vamos a ser capaces de hacer un trabajo comunitario pegado al suelo, a la calle, para estar atentos y actuar allá donde haya riesgo de exclusión. No lo vamos a hacer porque esperamos que alguien lo haga, lo vamos a hacer porque todas las personas están implicadas, cada persona es vigilante y activa el principio de solidaridad haya donde pueda aportar, Europa no es una entelequia cuyo contenido emana de Bruselas, Europa eres tú y soy yo.  Necesitamos una ciudad que se postule como aspirante a ser Next Generation UE y necesitamos que empiece en los barrios. Con un renovado principio de solidaridad donde no haya caras invisibles, donde las redes de seguridad se fortalecen, son apoyadas institucionalmente y respetadas individualmente. La acción comunitaria debe ocupar un lugar creciente en la Europa que imaginamos. Es en la acción ciudadana donde se descubre la voluntad de las personas, libres en su capacidad de actuar, con su tiempo, con sus recursos con su empeño, comprometidas y esforzadas en la construcción del tipo de comunidad a la que quieren pertenecer.

Si los grandes proyectos tractores nos pondrán en ruta, los pequeños proyectos de impacto social serán los que legitimen la construcción de la nuera Europa. Pequeños, de barrio, atomizados, pero presentes gracias a una ciudad que los respalda, que actúa de paraguas y les da la capacidad para formar parte de un todo. Europa se reconstruye desde las distintas identidades que conforman la Unión Europea, la ciudad se reconstruye desde las distintas miradas que proponen los barrios.

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